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Procrastinación

En esta primera parte del blog, vamos a investigar un poco acerca de la procrastinación; qué es y cómo la tratan diversos autores, procedimientos de medición de la procrastinación, niveles de incidencia de la población, en especial la población universitaria y el desarrollo de la observación para registrar la procrastinación.

En primer lugar definimos el término según algunos diccionarios.

  • Según la RAE la procrastinación es la acción de procrastinar y procrastinar (etimológicamente pro = a favor de y crastinare = relativo al día de mañana) por lo que significa literalmente posponer, diferir, aplazar o dejar para mañana (García, 2008; Steel, 2011)

  • Según el Oxford dictionary: “the action of delaying or postponing something” traducción literal: la acción de retardar o posponer algo.

Posteriormente encontramos otras definiciones que consideramos más completas, por ejemplo, cierto grupo de expertos en el tema (Ferrari, et al.) , definen el término como “la postergación en el inicio o conclusión de una actividad específica, mediante la realización de una actividad innecesaria o menos importante, acompañada de un estado de ansiedad.” Una vez definido el término, podemos diferenciarlo con precisión de una postergación de alguna actividad por razones legítimas (Neenan, 2008); también se ha propuesto distinguir la procrastinación de la simple holgazanería o pereza, ya que la procrastinación implica la realización de cualquier otra actividad.

Una de las primeras definiciones de procrastinación académica fue propuesta por Rothblum, Solomon y Murakami (1986): “La conducta de casi siempre o siempre postergar el inicio o conclusión de las tareas académicas y casi siempre o siempre sentir ansiedad ansiedad asociada a esa postergación”. Esta definición sigue vigente.

La extensión que abarca la procrastinación académica se “reduce” a todo el globo. Diversos estudios, en su mayoría norteamericanos indican que como mínimo el 95% de los estudiantes universitarios procrastina en mayor o menor medida; el 50% lo hace de manera sistemática (Solomon y Rothblum, 1984; Day et al. 2000). Evidentemente, el viejo continente no se salva, los estudios de Díaz-Morales et al., (2006) muestran el nivel de incidencia de la población española, Senecal et al., (1995) la incidencia franco-canadiense, por ejemplo.

Las consecuencias más comunes de la procrastinación académica son las bajas calificaciones, el ausentismo a clase o una tasa de deserción más alta (en comparación con aquellos que sólo procrastinan esporádicamente (Ferrari et al. 1995). Ciertos estudios, indican que los “procrastinadores” soportan más estrés e incluso enferman con mayor frecuencia (Tice y Baumeister, 1997). En general, las consecuencias emocionales suelen estar asociadas a la inadecuación personal; autodesprecio , vergüenza, culpa e incluso depresión (Neenan, 2008; García, 2009)

No se puede hablar de causas propiamente dichas en el terreno de investigación del comportamiento, entre la comunidad de investigadores los términos más usados o aceptados serían “factores relacionados”, “asociación de variables” entre otros (Kerlinger y Lee, 2000; García, 2010). Ha habido varias corrientes o varias líneas de investigación con el objetivo de encontrar los factores que contribuyen a que una persona procrastine; las teorías psicoanalíticas (MacIntyre, 1964), conductistas (Bijou et al., 1976) y cognitivo-conductuales (Ellis y Knaus, 1977). Las líneas de investigación más novedosas son los estudios de personalidad, genético-biológicos, nuevos enfoques conductistas y estudios neuropsicológicos.

Los estudios genético-biológicos realizados por Arvey y colaboradores estaban centrados en gemelos monocigóticos y dicigóticos (gemelos y mellizos respectivamente), criados en las mismas familias y de los que obtuvieron una correlación de 0.13 para los mellizos y 0.24 para los gemelos; por lo que concluyeron que un 22% -aprox.- de debía a factores genéticos. Los estudios de Elliot, midieron la estabilidad de la procrastinación en pruebas de tipo test-retest, con un lapso de 10 años entre las mediciones, en las que obtuvo una correlación de 0.77. Este tipo de estudios demuestra claramente el componente genético directo pero los factores sociales, interpersonales educativos, etc., tienen una contribución evidenciablemente mayor.

Los estudios neuropsicológicos de Hosseini y Khayyer (2009) fueron llevados a cabo para determinar hasta qué punto, el pensar sobre lo que se piensa (metacognición), puede predecir la procrastinación académica. Concluyeron que el pensar sobre la posibilidad de sufrir daño e incontrolabilidad de los hechos y la baja autoconsciencia cognitiva, predicen aceptablemente la futura procrastinación por parte de los estudiantes. A conclusiones similares llegaron Rabin y colaboradores (2011). En el estudio neuropsicológico, se midieron variables de iniciación, inhibición, planeación entre otras y concluyeron que las alteraciones en los componentes de algunas funciones cerebrales ejecutivas son predictores muy significativos de procrastinación académica.

Estos estudios han identificado cómo se desarrollan los procesos de atención, pensamiento, juicio y creencias asociados a el hecho de procrastinar. Se prueba que el sujeto no es pasivo, si no que es un procesador activo de información que puede modificar procesos de pensamiento para modificar su conducta (Ozer et al., 2013).

Los estudios acerca de la implicación de la personalidad han concluido que la procrastinación tiene una relación negativa con la responsabilidad y la autoeficacia, es decir, las personas más meticulosas o perfeccionistas tienen menos tendencia a procrastinar. En este análisis se estudio la correlación entre la procrastinación y ciertas variables de personalidad, motivación, emociones y desempeño. La relación entre la procrastinación y la responsabilidad es negativa (-0.63) y la relación positiva más alta fue la del autosabotaje (Van Eerde, 2003). Steel (2007) amplió las observaciones de Van Eerde, ya que llevó a cabo un estudio de las diferentes facetas de las variables de personalidad de la teoría de los cinco grandes rasgos de personalidad: apertura a nuevas experiencias, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo. Este estudio reveló que la procrastinación tiene poca correlación con la apertura a nuevas experiencias, extraversicón, amabilidad y neuroticismo. Los factores positivos con los factores de correlación más altos y predictivos son la aversión a las tareas y la impulsividad. La correlación negativa más importante fue otra vez la relación entre procrastinación y responsabilidad, con sus facetas de autocontrol, distraccionabilidad, organización y motivación para el logro. Estos estudios demuestran que la procrastinación tiene relación directa con la personalidad, y si aceptamos que ésta es el resultado de la combinación de factores genético-biológicos y ambientales (Steel, 2011), se llega a la conclusión de que la procrastinación es difícil de cambiar, pero no imposible (Ozer et al., 2013).

Esta relación procrastinación-personalidad ha abierto más líneas de investigación, como es el caso de los estudios de la psicología conductual. Estos estudios, previo a llevarlos a cabo en humanos, fueron realizados en animales de laboratorio como pichones, ratones o chimpancés. Estos estudios demuestran que la conducta de procrastinar no es inherente al ser humano; de hecho, los resultados que fueron confirmados en humanos, casi sin diferencias sustanciales. (Ainslie y Monterosso, 2003; Steel, 2011). Los primeros estudios en investigación conductial relacionados con la procrastinación fueron los comportamientos financieros de las personas, de aquí surgieron dos teorías; la teoría de utilidad esperada y la teoría de la extectativa y descuento hiperbólico (Herrnstein, 1970; Steel, 2007,2011). Estas teorías se refieren a que tan apetecible es una determinada opción para un sujeto cuando tiene que tomar una decisión, y la formulación matemática que se obtiene es:

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